1978. Cuatro meses entre Plouigneau y Morlaix. Departamento de Finisterre. Región Bretona. Francia. 14 años (de entonces).
Corría ya el mes de junio y había superado con creces el que mis tías sólo me hablaran en francés. Ni una sola palabra en castellano. Interdit. Absolument interdit.
Algunas tardes transcurrían frente al tocadiscos entre canciones de Moustaki, Brassens, Christophe, Claude François, Michel Sardou, Françoise Hardy, Bobby Solo… y algunos grupos cuyos nombres ya no recuerdo mientras leía las letras en la parte posterior de singles y LP’s para ir haciéndome con el idioma escrito, incluso conocí el “Je t’aime, moi non plus” de Jane Birkin y Serge Gainsbourg que, por supuesto, estaba prohibida en España.
Bueno, a lo que voy. Bajo el tocadiscos, en aquél apartado, todos juntos, singles españoles y por unos minutos mi tía me había dejado sola en casa. Podía escuchar alguno sin que tuviera que notar la bobería lacrimógena-febril (vocabulario adolescente, perdón) de cada vez, allá en España.
Un single de Juanita Reina con cinco canciones, entre ellas “Capote de Grana y Oro”. El atuendo de ella en portada y ese título me llamaron la atención y coloqué la aguja en la línea que correspondía para que comenzara a sonar. Tragué saliva. Por delante de mi no mirada, comenzaron a desfilar imágenes de bailes años antes, pasodobles que aún bailábamos en casa papá y yo apartando la mesa del salón, yendo al mismo son, como decía la canción. Seguí tragando saliva. Bastante.
Después otro single o LP, no sé. Sonó “Suspiros de España”. Y empecé a ver imágenes de bailes con papá, de tortillas de patatas de mamá, de mis hermanos, (incluido Txema que demostró echarme tanto de menos y me sorprendió tanto …) de mi cuadrilla, de las chuches, del olor a sol, del sabor que tiene el aceite, las pipas (que allí sólo se las comían los loros), de los turrones, aceitunas, de la gitana, la silla y el sombrero cordobés que teníamos sobre la tele (como media España y la otra media), del toro, de la limonada de la Calle Mayor y mi Virgen de la Caridad, de las sardinas de Santurce recién sacadas de la barca, de mi parka amarillo y mis botas para subir al Pagasarri … y hasta del infernal ruido español … Esta vez dio igual que tragara lo que tragara. Es más, creo que no tragué ni una pizca de saliva … y la había escuchado docenas de veces en casa, allá en mi verde España de esperanza, dorada de aceite andaluz.
Se lo conté a mi tía. Charlamos. Compartimos. Vi, entonces la España profunda, los abuelos que perdí de cani, la postguerra, las sonrisas de oreja a oreja y el cha-cha-chá. Comprendí entonces por qué se suspiraba tanto por la piel de toro cuando se la tiene lejos. Esa noche me gané una tortilla de patatas pronunciada en castellano.
Hace uno tiempo he estado en Ronda y conocido, entre otros, el Museo de la Real Maestranza de Caballería. Esta chaquetilla me llamó especialmente la atención. Cuando leí que un cartelito rezaba “ Chaquetilla de *Manuel Rodríguez “Manolete” “ comencé a rememorar aquello que he relatado más arriba, 33 años atrás, pero sin lágrimas pues no estaba sola.
Hoy, mientras proceso la chaquetilla verde y oro del Maestro Matador, vuelvo a escuchar su pasodoble, alguno de Jorge Sepúlveda que me cuesta encontrar por internet, lloro con amargura tantísimos años de pasodobles con mi padre que quedaron atrás –particular maestro matador-, ocultos tras un tupido velo, algunas tardes con él en plazas de toros, fotografías, tomavistas, películas 8 mm., risas, risas, risas, despacho, Semana Santa, zarzuela, libros, sellos, billetes, bravura y temple, muchos paseos en Vespa, a caballo y muchos más aperitivos en Pozas, en Iturribide, en las Siete Calles, en todas las Mejilloneras. Y ya.
Termino con “Viva el pasodoble” de la Gran Rocío Jurado. Bueno no, voy a terminar enjugándome las lágrimas y metiéndome un pedazo de tortilla de patatas entre pecho y espalda que no se la salta un galgo.
Oro - plata, sombra y sol en mi caminar. Ya en el ruedo, la corría terminó.
¡¡ Viva el pasodoble que hace alegre la tragedia, viva lo español. !!
*Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “Manolete” nace el 4 de julio de 1917 en Córdoba y fallece el 29 de agosto de 1947 en Linares, (Jaén). Es entonces cuando Juanita Reina habla con Rafael de León para que le componga un pasodoble sin nombrarle y manos a la obra, sin dilación, se ponen los Maestros Quintero, León y Quiroga. Ese pasodoble se titula “Capote de grana oro. Su madre se llama Mª Angustias.
La mía, también Maestro ¡ va por Usted !”








